Creo

La figura de Cristo nunca fue retratada del natural. No existe representación alguna realizada en su tiempo y tampoco hay de él ninguna descripción física. Y sin embargo existen de él muchos retratos.

De él hay imágenes de rasgos africanos, orientales o europeos, de pelo rubio, pelirrojo o moreno… cada pueblo y cada época lo ha imaginado a semejanza de su propia cultura, sin provocar con ello contradicción alguna.

Las ideas que los seres humanos tenemos de él son variadas: Dios encarnado, esquema de redención, hombre todopoderoso, salvador, reformador, el creador, modelo de divinidad, el milagro de la fe, gran maestro, ejemplo de caridad, el amante de sus enemigos, sabio subversivo, el gran profeta, revolucionario, mártir o un hombre que con sus enseñanzas y su ejemplo convirtió a muchos al Cristianismo.

La razón por la que la figura de Cristo haya sido representada tantas veces por los artistas resulta interesante, sobre todo en tiempos en que la iglesia ya no es el único motor del arte. Acaso sea por esta razón que tantas veces me han interrogado respecto a mis "Cristos".

Pretendo aquí hacer una presentación de la serie "Cristos" de mi pintura con la sincera intención de responder con claridad a esta pregunta.

Mi serie de "Cristos", realizados entre los años 1996 y 1998, representan la llegada del arquetipo religioso a mi pintura. Nacen de la religión Cristiana pero estas pinturas no pretenden ser un trabajo de elevación de ninguna cultura o creencia en particular y mucho menos ser excluyentes de otras religiones o creencias. Del Cristo me interesó su sentido universal, su cualidad abarcadora, su poder simbólico que da sentido a su presencia en mis trabajos.

La diversidad en los conceptos de Cristo y su representación a través de la historia lo convierten en un comodín, un arquetipo que contiene un "todo" en su figura.

En mis trabajos anteriores ya andaba buscando respuestas a cuestiones menos tangibles cuando aparecieron los "Cristos".

Cuando comencé esta serie de pinturas recién acababa de descubrir que para mejorar en la técnica era necesario un mejoramiento interior. Para crecer como artista se precisa primero crecer como persona. La técnica, que solo se adquiere con disciplina, es el proceso con el que pulir la herramienta pero el artista debe de estar más allá de una desentendida insistencia, más allá de la herramienta, mas allá de la técnica.

La intención de expresar los pensamientos mas interiores, los sentimientos mas profundos y afrontarlos a una realidad misteriosamente carente de ellos en su apariencia es la razón que empuja a la realización de objetos de arte.

Pocas cosas como el arte, la metafísica o la mística parecen responder a preguntas complejas y profundas: el misterio de la diversidad más allá de lo cultural, heredado y racional, los misterios de lo intuitivo y de la creencia, los misterios de la ilusión, la pasión y el éxtasis, o el misterio de lo sublime.

Todo está rodeado de un misterio que parece ser el mismo misterio; y el Cristo era la figura ideal con la que expresarlo con la sencillez que requiere el personaje. El Cristo contiene en sí mismo el misterio, su figura encarna la idea de que todos los misterios son el mismo misterio; y yo, con mi pintura, podía abordar estas cuestiones con algo conocido, identificable y sencillo: el cuerpo humano, el cuerpo de Jesús.

Lo más atrayente de representar al Cristo sea quizás que no se puede ser solo explícito en su representación sino que siempre se debe ser "implícito", es decir, que con la simple razón no basta (1) Pero acaso sea porqué con ser solo implícito tampoco basta, que el pintor Representa, esto es, que es "explícito".

Desde el momento en que el artista aspira a comunicar cosas profundas y sentidas a través de la materia, la pintura se convierte en manifestación de fe.

La pintura, sea lo que sea aquello que representa, contiene por su naturaleza esa fe, esa certitud de estar dotando a la materia de algo más.

El artista posee el convencimiento de poder impregnar de conciencia a la materia, esto resultaría extravagante si no contásemos con la existencia de la fe que le da lógica a tal esfuerzo.

La idea de que la creación de objetos de arte esté relacionada con la fe fue otra de las razones por las que pintar "Cristos" resultaba seductora para mí, más aún cuando sabemos que por fe se entiende una virtud, una luz, un conocimiento natural con el que sin ver creemos lo que se nos dice. ¿No hablamos también del talento, del don del artista impregnando tales palabras con algo muy cercano a esa fe?

En la pintura, en el acto de pintar, parece existir tal fe que daría sentido a la representación de lo espiritual, lo elevado, y por ello la representación de Cristo cobraba total sentido.

Digamos, para no complicarnos demasiado con cuestiones de fe, que el artista es aquel que actúa con buena fe, con rectitud y honradez en su decir con su trabajo y en su convencimiento también y que acaso mayor será su poder de comunicar cuanto mayor sea su convencimiento.

El Cristo ofrece otro paralelismo: la identificación entre el artista y la idea que la imagen del Cristo propone: "el poder de creación". Nada más seductor para mí que experimentar el crear, o mejor, recrear la imagen de la imagen del creador.

A la imagen del creador, símbolo de omnipotencia, se le une también la imagen del vehículo que simboliza la figura de Cristo. Y vehículo es también el artista en su transportar de la nada a la forma aquello que llamaremos cuadro. Siendo la obra el medio contenedor de lo creativo.

Pero el artista no crea sino que inaugura la forma (2). La figura de Cristo también nos habla de transformación. Lo que el artista hace y lo que la figura de Cristo representa son también un paralelismo que convierte al cuadro en un interesante bucle en el que poder ofrecerse a la contemplación.

De la figura de Cristo es fascinante la particularidad de que sea Dios descendiendo al hombre en lugar de ser el hombre el que trepa hacia Dios. Hay una generosidad especial en esta idea y ello pueda ser equiparable a la idea de darse, en la obra, al observador. El artista debería hacerse accesible al máximo, ser generoso.

El Cristo, además, es lo superior sin dejar de ser al mismo tiempo lo humano, aquel en quien nos reconocemos todos. El Cristo es como un puente imaginario entre lo superior y lo humano capaz de despertar cualquier deseo de creación, cualidad que también debería tener la obra.

Lo divino, que solo puede conocerse a través del vehículo de tal divinidad, es la acción de lo divino, el poder divino mismo, la creación. Y la figura de Cristo representa esa idea de acción, de creación en sí misma.

Las religiones son puentes que trascienden cualquier expresión cultural para comunicarnos con una misma fuente de conocimiento.

Existe una misteriosa alquimia en la representación artística de Cristo. Y mayor resulta cuando éste está como dormido, yacente. Su sueño lo hace aparecer ausente y presente al mismo tiempo con su fuerza triunfante. El sufrimiento ha cesado, el victorioso fin de la locura en manos de la reposada figura de la muerte son manifestaciones de fuerza, acaso reminiscencias de dolor, pero de victoria.

El Cristo por su naturaleza simbólica contiene esa paz, ese poder silencioso que hace sueño del dolor y que parece contener toda posible alquimia en su reposado sueño.

Cuando el Cristo aparece despierto y sufriente es evidente preámbulo al sueño inexorable. El sufrimiento en la cruz o el camino del calvario son principios de la humanidad: el sufrimiento forma parte de la vida. Además este sufrimiento tiene su origen en el hombre, en su ignorancia, en sus miedos y en su aferrarse a la tradición, en definitiva a la incapacidad de oír y de ver(3)

Y el Cristo hace belleza del dolor que explica.

Jesús representa la evidencia de un futuro que normalmente nos es incierto. Y representa también el aparentemente contradictorio universo de lo que está allí y aquí al mismo tiempo, de lo alto y lo bajo hechos uno. (4)

Regresando a la cuestión de la necesidad de hacer accesible la obra, el artista está obligado a dejar puertas abiertas, a dejar pasar al observador y permitirle crear con él para que se complete el gran círculo que es el arte. La obra, la labor, queda a medias hasta que llega el observador para completarla. Y, de nuevo, el Cristo anuncia esta idea en su completar como hombre la labor de su Padre, siendo él mismo Padre-hijo-espiritu.

 

Pero a pesar de la unidad que la figura de Cristo encarna, la realidad empírica nos enfrenta una y otra vez a la individualidad. Constantemente nuestra mente nos da constancia de que allí donde termina el yo comienza el otro. La diversidad, la diferenciación proviene de la percepción de las cosas, o dicho de otro modo, aquello que vemos y percibimos empíricamente es lo que conocemos y que se convierte en la realidad para nosotros. Del mismo modo la obra no puede ser lo que se ve sino hacia donde nos lleva.

Para mi pintar es una forma de conocimiento. Con la pintura no se puede demostrar ni sugerir porqué la pintura es aforismo. La pintura es el mágico lugar donde mirada y objeto se hacen uno, donde se funden pasado y presente y donde las intenciones se encuentran. Para mí el Cristo nunca ha sido una cuestión plástica ha sido un lenguaje, un diálogo de paralelismos con el que he intentado conversar y expresar mi convencimiento.

Si escogí la figura del Cristo es porqué me pareció el modo más sincero con quien reflejar la verdad mientras que el cuadro es simplemente reflejo de ese otro reflejo (5) Al fin y al cabo el arte, que es un reflejo del origen, conduce a la verdad. (6)

 

No he hablado de cuestiones de representación o de estilo por no alargarme demasiado ya que la idea de este escrito era responder a la cuestión temática, pero me parece necesario apuntar, al menos, un par de ideas fundamentales:

 La importancia que tienen en mi trabajo el concepto de vacío y las escrituras pictográficas.

El vacío implica desde la poesía y filosofías Orientales al estudio de la metafísica de Oriente y Occidente. Trasladado a mi pintura sucedió que se llenaron de blanco mis trabajos, el blanco de la tela sin pintar, que aspiraba a permitirle al observador respirar con la mirada, completar y participar en la creación. Mis pinturas más que imponer procuraban sugerir.

La cuestión de las escrituras pictográficas se centró en los enigmáticos caracteres de la escritura Maya y en la profundidad que envuelve el ritual de la escritura caligráfica china. Mis pinturas se enriquecieron al intentar dotar de la fuerza propia que debe contener cada trazo. Me introduje así en un proceso de trabajo centrado en la búsqueda de la eliminación de lo superfluo, en la exaltación de lo sutil.

De todo ese esfuerzo han surgido siempre obras que buscaron ante todo comunicar y ofrecerse al placer de la contemplación. De todo ese esfuerzo una parte importante han sido los "Cristos".

La verdad es que no creo poder responder a la pregunta de por que pinto "Cristos". Llegados a este punto diré que esto no es una trampa, la verdad es que lo que me empujó a ellos es la misma fuerza indescriptible y poderosa que me empujó una y otra vez a saber y a conocer, a descubrir ese ser que parece habitar más allá del nacimiento del ser. El misterio del espíritu, el misterio de la mente, en definitiva el misterio mismo.

notas:

1. "Lo que vive según la razón, vive contra el espíritu", Paracelso.

2. "La poesía es un alma inaugurando una forma", Pierre-Jean Jouve, Miroir. Mercure de France, citado por G. Bachelard en "La poética del espacio", FCE. 1965

3. ver S. Juan, 9-39

4. "Lo de abajo es igual a lo de arriba", La Tabla Esmeralda, Hermes Trismegistro. Obra datada entre los S.VI y XIV y que contiene los mandamientos divinos de los alquimistas.

5. Leonardo DaVinci decía que "El pintor lucha y compite con la naturaleza. El pintor debe actuar como un espejo, debe ser como una segunda naturaleza."

6. Idea brillantemente expresada por el filósofo Eugenio Trías en su libro "Lo Bello y lo     Siniestro", p.77, Ariel, 1988